domingo 30 de enero de 2011

Dos despertares muy distintos

Era de día.
Bueno, todo lo que se puede decir a las siete de la mañana, de día de día no era, pero clareaba y eso es lo que importa, que la luz de sol entrada tímidamente por las ventanas, una luz fría y pálida.
En algún lugar, los gatos se pelearon, el gato que llevaba años en la casa no quería dar su brazo a torcer y compartir su territorio con el nuevo, son cosas que pasan en todas partes y no suelen ser más que tonterías. Aunque si Christian no hubiese salido corriendo a detener la pelea, el intruso hubiese salido mal parado.
-Malditos gatunos, con lo tranquilito que estaba yo con mi mantita...-el gatito subió de un salto a su hombro y ronroneó - Sí, tú ronronea, que te he salvado tres veces...¿o acaso creías que mi hermana no te hubiese echado de haber tenido la oportunidad? Bueno, de todas maneras ya es de día, puedo hacer café y dejar que se despierte la casa... aunque, a ti todo esto te da igual, soy yo el imbécil que habla con un gato.
El gatito saltó de su hombro a la mesa de la cocina (insignificante salto si tenemos en cuenta que estaba al lado de Christian en esos momentos) y le observó mientras echaba café en la cafetera y le daba al botón, una lucecita roja se encendió. 
- Y así es como hace café, Sr.Miau, la próxima vez lo haces tú, que solo tienes que darle ahí con la patita.
-Hijo, tu eres imbécil - la voz no sobresaltó a Christian, le había oído llegar y ya era costumbre que al primer olor a café su padre viniese corriendo a por él.
-Buenos días, querido padre, yo también le tengo en alta estima ¿que tal ha sido dormir en el sillón del estudio una vez más? ¿que le has hecho a mamá esta vez? - al acabar de decir la frase se dio cuenta de que quizás se había pasado un poco...un poquito
Su padre no dijo nada, separó la jarra de café de la cafetera, volcó gran parte de su contenido en una taza y se sentó ignorando a su hijo
Bueno, Christian se había pasado un mucho. Observó fijamente a su padre, ese hombre que apenas superaba los treinta y cinco años que llevaba a cuestas, muy flaco y de baja estatura, bueno, digamos que se había instalado en el metro sesenta en algún momento de su adolescencia y no había querido crecer más. Su padre, con el pelo negro y liso despeinado, que lo miraba de reojo con sus ojos negros desde la taza de café, como un cuervo herido en su amor propio. Ese hombre podría dejar atrás su hogar si quisiese, volver a la Inglaterra donde había nacido y empezar su vida de nuevo, dejar atrás a su esposa histérica, a su hijo depresivo y a su hija...bueno...Jessica no necesita presentación. Bien mirado, lo raro es que no hubiese puesto carretera y manta hace mucho tiempo, él no tenía la culpa de dormir casi todas las noches en el estudio, aunque tampoco su madre era culpable aunque fuese ella quien le tirase el zapato a la menor oportunidad, se habían casado muy pronto, habían tenido hijos muy pronto y ahora se odiaban muy pronto.
Hubiese seguido cavilando acerca de la relación matrimonial de sus padres, pero fue sacado de su ensimismamiento por su padre.
 -Christian, ven aquí - no podría jurar si habló o graznó, pero el gesto de señalar a la silla que se hallaba frente a él en la mesa dejó el mensaje claro. Prosiguió una vez Christian estuvo sentado -¿Qué quieres a cambio de decirme a qué hora llegó tu hermana?
-Veinte euros, como siempre - dijo Chris con toda la naturalidad del mundo
-Cinco, y te perdono la ofensa
-Quince y de ahí no bajo
-Diez, la ofensa y nos quedamos con el gato - dijo mientras acariciaba al Sr.Miau
-Trece por todo el pack
-Christian, diez o gatito ventana - dijo como si tirar al gato por la ventana fuese lo más normal del mundo.
-Acepto, llegó a las cinco y media como una cuba de alcohol, dame al Sr.Miau- dijo trayendo al gato hacia sí
Su padre se limitó a soltar al gatito y a intentar contener una sonrisa de triunfo. Tan pronto como la niña osase asomar el hocico más allá de la puerta de su cuarto, se iba a quedar sin internet cinco días y medio.
Sobra decir que la relación padre-hija no era lo que se dice, lo mejor del mundo

En otro lugar, bastante lejos o bastante cerca, pues todo es relativo, Luis hacía ya mucho que andaba levantado, concretamente desde las seis de la mañana. Nada podía hacer ante levantarse todos y cada uno de los días de su vida a las seis de la mañana, esa costumbre la había adquirido desde el principio de su vida y la conservaría hasta el último de sus días, gracias mamá. Solo había dormido dos horas, aunque teniendo en cuenta la de noches que pasaba en vela, no había que preocuparse mucho. Esperaba pacientemente y libro en mano a que su hermano se despertase al otro lado de la puerta e intentase salir, sería divertido oír como aún abobado asimilaba lentamente que la puerta estaba trabada. A fin de cuentas, se lo merecía
-Resulta paradójico que tu leas "Crimen y Castigo" - dijo Eddie a sus espaldas
Luis hizo un ademán para hacer callar a Eddie - Silencio, que lo despiertas antes de tiempo
-¿Bromeas? Alex no se levantará hasta por lo menos las once o las doce, además, es sueño profundo, podría ponerme a tocar el piano y no se daría ni cuenta. Estás perdiendo el tiempo
Bueno, como podrás observar, no tengo nada mejor que hacer esta mañana que esperar a que se despierte y tú no vas a tocar el piano, principalmente porque no se me ha pasado la resaca y porque tengo el cable del piano aquí. Así que...paradojicamente, tú tampoco tienes nada que hacer, Alfred.